
Por Robert Lizárraga
El desarrollo sostenible es aquel que satisface las necesidades del presente, sin comprometer la capacidad para que las futuras generaciones puedan satisfacer sus propias necesidades.
La energía es fundamental para el desarrollo y para proporcionar servicios esenciales que mejoren la calidad de vida humana.
Sin embargo, el uso de la energía tradicional produce invariablemente una ruptura del equilibrio ambiental, provocando una reacción de la naturaleza que puede resultar en consecuencias adversas para el propio hombre.
Desde que se manifestó mundialmente la necesidad de desarrollar una política ambiental, se comenzó a considerar el desarrollo y la utilización de fuentes de energías renovables.
En apenas dos décadas, las fuentes de energías renovables han evolucionado desde una mera expresión de deseo a convertirse en una realidad de la que todos formamos parte, dado que promueven una mejora en nuestra calidad de vida y en la de las generaciones venideras.

El bienestar y la solidaridad entre las generaciones presentes y futuras sólo se lograrán impulsando el desarrollo sostenible en todos los ámbitos. No obstante, los combustibles fósiles: gas, petróleo y carbón siguen siendo fundamentales para la economía de las naciones industrializadas modernas.
En efecto, la producción y el consumo de estos combustibles continúa creciendo; siendo el calentamiento global una de las peores amenazas que debemos enfrentar. Lamentablemente, las inversiones en energías renovables son insignificantes en comparación con las inversiones anuales realizadas en el desarrollo de nuevas reservas de combustibles fósiles, algo absolutamente incompatible con la protección del clima global.
Las energías renovables constituyen una de las mejores alternativas como respuesta al estancamiento y la inacción, siendo una poderosa fuente de energía global, accesible y viable, capaz de sustituir a los combustibles fósiles y otras fuentes contaminantes.
Son una herramienta poderosa para el desarrollo sustentable. Su evolución debe ser adoptada como una prioridad energética a nivel nacional, por este motivo, es fundamental la elaboración de políticas y estrategias que las promuevan, con el objeto de obtener notables beneficios en materia de medio ambiente, industria y economía.

La única llave capaz de frenar la destrucción masiva y brutal de nuestros ecosistemas es un cambio en las políticas energéticas, apostando fuerte por recursos energéticos inagotables e inocuos, aunque debemos ser conscientes de las dificultades que entraña un cambio de estas características a nivel global.
Uno de los principales retos de nuestra sociedad es poder disfrutar de las ventajas del progreso y extenderlo por todo el mundo sin comprometer nuestro futuro y haciendo posible un desarrollo sostenido algún día.
La tecnología tiene que ser una herramienta al servicio del hombre, que haga posible disfrutar de las nuevas posibilidades que nos ofrece el futuro y respetando nuestro entorno natural.

Nuestro país tiene excelentes recursos renovables, excelente capital humano preparado para enfrentar el desafío de la necesidad urgente de diversificar la matriz energética nacional. Necesitamos que nuestros gobernantes tengan visión de largo plazo y consigan la cooperación del sector privado, público y académico para llevar adelante este desafío.
Conocer estas condiciones permite diseñar las políticas públicas necesarias para lograr la inclusión de las fuentes alternativas energéticas y aplicarlas en los sectores económico, político, financiero y social.
Es nuestro deber, promover aquellas tecnologías que nos permitan vivir mejor ahora y el día de mañana dejar la herencia de un mundo limpio y lleno de posibilidades para nuestros hijos, para que la humanidad pueda evolucionar sin ser destruida por sí misma.
Esto no es más que un pequeño aporte en la labor de informar e intentar crear conciencia del potencial de las llamadas energías alternativas.
Por Robert Lizárraga
Fuentes consultadas: libro 1energía/energia-electrica/renovableswww.renac








